Bring Me the Head of Alfredo García

Tráiganme la cabeza de Alfredo García (1974)

La hija de un poderoso terrateniente mexicano conocido como “El Jefe” queda embarazada de un hombre que la abandona. El hombre resulta ser un tal Alfredo García. El Jefe promete darle un millón de dólares a la persona que le traiga la cabeza de García. Dos sicarios norteamericanos contactan a Bennie, un exsoldado gringo que trabaja en un bar en México, y le encomiendan la tarea. La novia de Bennie, Elita, le revela que García murió hace poco tiempo en un accidente de tránsito. A Bennie lo emociona el prospecto de ganar dinero sin tener que tomarse la molestia de matar a García, pero Elita trata de convencerlo de que no busque la cabeza.

Escabrosa película que mezcla elementos del cine de acción, el western, la road movie, el drama y hasta el romance, situada en un mundo de criminales, prostitutas y borrachos, romantizado hasta el punto de que adquiere una extraña belleza. La cámara se queda contemplando el paisaje mexicano, su tierra roja, sus árboles, sus cactus, sus pueblos de casas viejas, sus tiendas y sus bares. Casi se puede sentir el calor, la sed y el polvo cubriendo la piel al ver esta película, que avanza al ritmo de una procesión fúnebre, acompañada de canciones mexicanas. Es un lento viaje hacia las tinieblas, que desemboca en la catástrofe. La quietud de la película es sacudida por sus estallidos de violencia, donde se suceden planos de los cuerpos cayendo en cámara lenta y de las balas destrozándolo todo.

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Warren Oates e Isela Vega hacen un gran trabajo en sus papeles, el primero representando a un perdedor, canalla pero carismático, que cuestiona todo el tiempo el valor de su vida, y busca darle algo de sentido, la segunda, mostrando a una mujer que a pesar de su oficio, es el personaje más moral de la película.

A pesar de la naturaleza hipermasculina y misógina de la película, los códigos y patrones de comportamiento de los machos se ven subvertidos, hasta que se tornan contra ellos mismos. El Jefe quiere matar a su yerno porque abandonó a su hija, pero le emociona la perspectiva de tener un nieto varón. Al final, a él también le cae el peso de sus actos. La idea de la venganza, en particular, es llevada hasta sus últimas consecuencias. La cabeza cercenada de Alfredo García es una metáfora que representa su futilidad. Al vengador sólo le interesa su retribución, el ver destruido a su adversario cueste lo que cueste, así destruya las vidas de todos quienes se interpongan en su camino. El personaje de Bennie también llama la atención por su complejidad, y por el hecho de que sus motivaciones cambian a lo largo de la película. Inicialmente decide comprometer sus principios por dinero, pero al ver y sentir las consecuencias de sus actos, busca venganza (al igual que el Jefe), hasta arrepentirse y buscar desesperadamente una redención final. Como suele suceder en el cine de Peckinpah, este último intento de redención fallido acaba en sangre. El plano final es sutilmente horroroso. A lo largo de la película mueren decenas de personas, de manera absurda.

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“¿Por qué? Porque se siente bien.”

Sin las restricciones de los estudios de Hollywood, Peckinpah pudo llevar su libertad creativa hasta sus últimas consecuencias, creando una obra apasionante, pero barbárica. La violencia es estilizada porque es reconocida como un impulso arraigado en el hombre desde épocas muy primitivas, pero no es mostrada como un espectáculo. Aquellos momentos se prolongan para resaltar lo repentinos que resultan, y la devastación que dejan a su paso. Ver la película puede dejar al espectador abatido, y con una tristeza profunda. En el viaje para recuperar la cabeza de Alfredo García, Bennie pierde toda esperanza. Así, la obra se convierte en una elegía a este personaje, un malandrín cuya vida, a pesar de estar rodeada de vicios, merecía tal vez mejores cosas.

 

 

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Scarface

Caracortada (1983)

Tony Montana es un ex convicto cubano que busca refugio en los Estados Unidos. Al matar a un antiguo político exiliado, un narcotraficante no sólo le concede su permiso de residencia, sino que lo lleva a trabajar para él. Movido por su ambición, Montana empieza a ascender de reputación como uno de los traficantes más poderosos de Miami, destruyendo a todo aquel que se cruza en su camino.

Una película de gángsters en donde todo, desde la histriónica actuación de Al Pacino en el papel protagónico, pasando por el extravagante diseño de producción, la violencia explícita, el lenguaje soez, el uso de drogas, la música pop con sello ochentero, y hasta su desmesurada longitud (de la cual se pudieron haber cortado unos 30 minutos sin problema), gira en torno al exceso. Scarface no romantiza un estilo de vida criminal. Busca cansar. Hastía. Refleja el progresivo descontento de Montana con su riqueza, y su progresiva decadencia. Paradójicamente, entretiene, principalmente gracias a que el guión de Oliver Stone es supremamente ingenioso (me sé de memoria como la mitad de los diálogos).

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Ayuda también el hecho de que las secuencias de acción están impecablemente montadas y brillantemente ejecutadas. Es en estos momentos en donde Scarface aprovecha de la mejor manera posible recursos como el movimiento de cámara y los cortes para generar no sólo tensión, sino agitación en el espectador.

De este modo, la actitud gallarda de Montana, y su historia de ascenso y caída, terminan haciendo de la película un verdadero espectáculo (que por desgracia, pierde algo de su poder gracias a tramas secundarias y secuencias que no aportan mucho al conjunto, convirtiéndose en meras digresiones que a veces ni ayudan a desarrollar los personajes). Con respecto a cuestiones de fondo, no hay mucho que discutir, más allá del obvio mensaje de “el crimen no paga”. A pesar de lo exagerado de su actuación (que es casi el polo opuesto del trabajo que hace en la saga del Padrino), Pacino hace un destacable trabajo mostrando la perdición moral de su personaje, que se consume por su ambición materialista.

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“Son cubanos como tú los que les dan un mal nombre a nuestra gente, a la gente que viene aquí, trabaja duro y mantiene su buen nombre.”

El carisma de Tony Montana, cuyas frases se han vuelto casi que slogans, lo convirtió en una figura icónica del cine de gángsters (algunos erróneamente lo han visto como una especie de modelo a seguir, vaya miopía). Scarface ha acumulado una gran cantidad de fanáticos a lo largo de los años, y con merecida razón. A pesar de sus limitaciones y de su pomposidad, atrapa y cautiva con su intensidad (la balacera final tiene que ser una de las mejores secuencias de acción jamás filmadas.), que no ha disminuido con los años. Su narcoestética resulta, a pesar de sí misma, fascinante.

King of New York

El rey de Nueva York (1990)

Frank White, un poderoso narcotraficante, es liberado de prisión, luego de muchos años. Retoma sus negocios, pero algo ha cambiado en él. Quiere invertir parte de los fondos que gana con el negocio de la droga en hospitales y beneficencia. Pero la amenaza de sus rivales y de la policía harán muy difícil su propósito.

Demencial y ultraviolenta película de gángsters que muestra la crudeza del inframundo criminal, y la corrupción del sistema judicial. Sus colores rojos, anaranjados y amarillos se ven mugrientos, y sus azules parecen sacados de un mundo espectral. Cuando las sombras envuelven los planos, dejan pasar la luz en meros resquicios. Los traficantes viven bailando, bebiendo, esnifando droga y teniendo sexo cuando no están matando gente, excepto por Frank, quien se codea con millonarios y gente de la alta sociedad. Los policías son corruptos y se comportan como sociópatas. La mayoría de las escenas se desarrollan en ambientes nocturnos. Estos factores construyen una atmósfera decadente y sórdida, en donde el presagio de la perdición está siempre presente. Inevitablemente, una película con tantos muertos resulta fatalista al extremo.

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Christopher Walken, interpretando a un Frank en conflicto consigo mismo y con los demás, y Laurence Fishburne, interpretando a Jimmy Jump, un asesino sádico y violento hasta el extremo, son los dos actores más destacables del film.

La premisa y los primeros minutos del Rey de Nueva York podrían llevar al espectador a pensar que la película tratará sobre la redención. Gran error. Es una serie de violentos tiroteos enlazada por la vaga noción de un argumento, que tenía potencial e ideas que valía la pena explorar más a profundidad. Por desgracia, esto nunca pasa, y la audiencia se queda con una efectiva, pero en últimas superficial, representación de una sociedad en donde todo el mundo es corrupto, independientemente de su raza, sexo o posición social. Tal vez las insinuaciones de redención nunca se materializaron porque en un entorno así, resultaría imposible. Frank nunca se halla ni remotamente cerca de ese camino, porque lleva a cabo una cruzada contra sus rivales, para obtener más dinero. Puede que con ese dinero ayude a los enfermos, pero sigue alimentando a aquel monstruo de la corrupción que controla todo.

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“Si me quedan uno o dos años, haré algo bueno.”

El gran éxito del Rey de Nueva York es que consigue atrapar al espectador dentro de este sucio inframundo, llevándolo como por entre un desfile de la degradación: de las autoridades, de las minorías, de los jueces y abogados, y de la policía. Cada masacre posee una energía caótica de la cual es difícil escapar. La persecución climáctica es memorable, casi fantasmagórica, en medio de esos parajes nocturnos, anegados por la lluvia, impregnados de luz azul. Una película crudísima, en donde llega un punto en el que su violencia se vuelve difícil de soportar. Pero a pesar de sus grandes fallas, tiene su interés, y vale la pena echarle una mirada.

Milano trema: La polizia vuole giustizia

Milán tiembla, la policía pide justicia (1973)

El teniente Giorgio Caneparo es un policía amoral e implacable, y cuando su jefe es asesinado por una organización criminal, jura vengarse. Se infiltra en ella, eliminando a los matones de más bajo nivel hasta que capta la atención de Padulo, el jefe, quién lo contrata como conductor. Caneparo busca desvelar los secretos de los criminales usando sus métodos poco ortodoxos.

Graciosa, aunque irregular entrada del género poliziotteschi, célebre por las persecuciones automovilísticas que se muestran, y, como no podía ser de otra manera en este tipo de películas, las escenas de violencia y crueldad sin ningún otro propósito que el de conmocionar al espectador. Las peleas están bastante bien coreografiadas, y el explosivo retumbar de las armas de fuego contribuye a crear una sensación de adrenalina. El ligero atisbo de una trama aparece vagamente en el ilógico guión, el cual llega a flaquear en algunas escenas (principalmente las que no son de acción), aunque los personajes no son tan unidimensionales como podría parecer, muy a pesar de las interpretaciones de los actores, que hacen lo justo, pero sin destacar.

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El film parece hacer una tímida crítica ante la violencia que celebra, especialmente en el tramo final, pero su tono ambiguo hace que ésto se quede en muy poca cosa, en un mero esbozo, dado que al mismo tiempo, muestra a la fuerza bruta como, si no la manera correcta de hacer justicia, sí la más efectiva, más aún ante crímenes atroces. Dado que la policía está conformada por debiluchos, y el movimiento hippie por drogadictos, ninguno de los dos puede combatir la injusticia, lo cual es tarea de alguien tan ruin como los delincuentes con los que pelea.

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“No mueras, canalla. Te necesito vivo.”

La brutalidad y total falta de sutileza de la película terminan causando un efecto cómico no deseado, lo que sumado a las muy bien montadas escenas de acción, hacen que valga la pena cuando menos echarle una ojeada, más si son fanáticos del cine de explotación, o sienten curiosidad por el mismo.

Kakushi toride no san akunin

La fortaleza escondida (1958)

Matashichi y Tahei, dos campesinos en busca de fortuna descubren oro dentro de unos leños. Pronto tropiezan con el dueño del mismo, que busca escabullirse tras líneas enemigas hacia otro territorio, con el tesoro. El malicioso par accede a ayudar al hombre misterioso, por una parte del oro. Pronto, se encuentran con una muchacha, quién se les une en su viaje. Lo que los dos campesinos no saben, es que están viajando junto a una princesa, y un general que tiene el deber de escoltarla.

La fortaleza escondida es otra de esas grandes películas épicas de samuráis por las que es tan célebre Kurosawa, con un tono algo más ligero y divertido. Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara, en los papeles de Tahei y Matashichi, son un dúo cómico fantástico. No hay grandes tragedias épicas como en Siete Samuráis o Trono de sangre. Si bien evidentemente hay batallas, lucha y muerte, el foco está es en la gran aventura. Persecuciones, duelos, recorridos por agrestes paisajes montañosos.

paisajes fortaleza escondida

Esta fue la primera película que Kurosawa filmó en formato de pantalla ancha. El uso de la profundidad de campo es deslumbrante, en especial cuando muestra estos paisajes.

La película está bien escrita y concebida, se balancean adecuadamente el tono heroico y el cómico, en una historia que tiene la particularidad de ser contada a través de la perspectiva de los personajes menos heroicos, que siempre tienen algún apunte gracioso, o sufren las consecuencias de su codicia de hilarantes maneras. Sin embargo, y a pesar de que avanza con un ritmo adecuado, en ocasiones hay escenas que llegan a sentirse demasiado largas, particularmente durante la primera mitad.

duelo fortaleza escondida

El célebre duelo se me hizo un poquito largo también, pero está tan bien montado y coreografiado que lo compensa con creces.

La enseñanza final es casi como la de una fábula, nuestros protagonistas realizan un viaje impulsados por la codicia, dispuestos a traicionarse entre sí con tal de quedarse con el oro, pero en el camino descubren el verdadero valor de la amistad, un tesoro más grande que ninguno. También resulta interesante el papel de la princesa, el cual subvierte los roles de género al ser una muchacha fuerte, decidida y arriesgada. Los años no han hecho mella en La fortaleza escondida, la película sigue siendo tan fresca y emocionante como cuando fue lanzada.

tahei matashichi

“Sigamos siendo amigos en el cielo.”