Fear and Loathing in Las Vegas

Miedo y asco en Las Vegas (1998)

El periodista Raoul Duke y su abogado samoano, el Dr. Gonzo, deben ir a Las Vegas a cubrir la carrera de motocicletas Mint 400. Para hacer el viaje más llevadero, llevan consigo una alarmante cantidad de drogas de diversos tipos, la cual consumen constantemente, prácticamente todo el tiempo. Su comportamiento errático y visiones alucinadas ambientan el viaje hacia el “corazón del sueño americano”.

Dependiendo de la mirada con la que se le aborde, esta es una película que uno puede amar u odiar. De ella no se puede esperar coherencia o una narrativa más o menos cohesiva. Es una serie de secuencias que muestra a los dos protagonistas bajo los efectos de diferentes drogas, cayendo cada vez en peores excesos, tornándose cada vez más desentendidos de la realidad, perdidos en sus viajes. El trabajo del director de fotografía, Nicola Pecorini, quien buscaba imbuir a cada droga de una cualidad visual particular, es excepcional. Colores de neón fluorescente, ángulos que deforman la imagen, close-ups claustrofóbicos, y múltiples fuentes de iluminación, lo cual combinado con el manejo de la cámara (a veces en mano, a veces en cámara lenta, en una ocasión hasta al revés) crean esa atmósfera psicodélica, que se torna progresivamente pesadillesca.

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Tanto Johnny Depp como Benicio del Toro hacen un buen trabajo en sus papeles, trayendo a la vida el efecto cómico que surge de verlos bajo los efectos de la cantidad de drogas que consumen.

Fear and Loathing puede parecer cargante y desbalanceada, pero eso sólo se debe a que muestra el abuso de sustancias, llevado al extremo casi que de la locura. Sin embargo, la narración en off de Duke es un elemento importantísimo que sirve para aterrizar el contexto en el que suceden los hechos, y darles un poco más de perspectiva. Su tono reflexivo, incisivo, agudo y melancólico es un contrapunteo interesante a lo que se ve en pantalla. Y es que, muy a pesar de lo que pueda parecer, la película no muestra el exceso por el exceso, ni lo glorifica. El consumo desenfrenado sólo es la manera en la que los dos protagonistas escapan de la opresiva realidad que se cierne sobre ellos en aquella época de inicios de los años 70.

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“Bazooko Circus sería el lugar al que todo el mundo acudiría un sábado en la noche si los Nazis hubieran ganado la guerra. Este es el sexto Reich.”

Un lamento ante el fracaso del movimiento contracultural (que, precisamente, se dejó llevar por las drogas) y una cruda muestra de repudio ante el vulgar ideal de lujo estrafalario, poder y riqueza que estaba empezando a grabarse y/o afianzarse en el subconsciente de la nación americana, y que es representado simbólicamente por la ciudad de Las Vegas. Los protagonistas se convierten en bestias sin empatía, empeñados en destrozar todo a su paso, para expresar su rechazo ante un tiempo que cambiaba, para empeorar. No quieren oír noticias de la guerra, no quieren saber nada. La nostalgia por los 60, que se fueron, se confunde con la frustración al ver aquello en lo que se transformaron, porque llevó a muchos antiguos hippies hacia un callejón sin salida, una espiral de autodestrucción, convirtiéndolos en “lisiados permanentes”, “buscadores que no encuentran”, como los llama Duke, con un marcado dejo de desesperanza, en su monólogo final.

Indudablemente, la película es muy divertida, escandalosa, y delirante, pero es mucho más de lo que podría parecer a simple vista. Hoy en día sigue polarizando audiencias y críticos, mientras cosecha su status “de culto”. A pesar de que, en esencia, estemos básicamente viendo a un par de tipos drogarse durante casi dos horas, con resultados hilarantes (y aterradores), hay algo más que subyace bajo la superficie. No está dado en la forma de sermones morales, ni llamados a rescatar el idealismo, ni advertencias explícitas contra el abuso de sustancias, sino en su taciturno cinicismo y desaliento, que sale a la luz durante los breves momentos de sobriedad, y que los protagonistas se apresuran a esconder con alguna de las drogas de su arsenal.

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Brazil (1985)

Sam Lowry trabaja en el Ministerio de Información, en un futuro no muy lejano, donde la tecnología está presente en todos los aspectos de la vida cotidiana (pero, irónicamente, es incapaz de funcionar correctamente). Su existencia, puesta al servicio de una inepta burocracia totalitarista, transcurre de manera monótona, pero frecuentemente, sueña con salvar a una damisela en apuros. Cuando su camino se cruza con el de Jill Layton, la mujer que aparece en sus sueños, él intentará acercarse a ella cueste lo que cueste.

Si hay algo de lo que no se le puede acusar a Brazil es de falta de ideas en cuanto a aspectos formales. La dirección de arte de la película es fascinante, constantemente el espectador es arrastrado a lo largo de inventivas piezas de escenografía, cada una de ellas igual de curiosa y delirante que la anterior. En poco más de dos horas, Brazil le arroja ideas, referencias, chistes, detalles, y guiños a la audiencia, sin parar, saturándola con sus extravagantes excesos visuales (los cuales incluyen el uso de grandes angulares) que le confieren a las imágenes un carácter irrealista, demencial, enervante. El mero atisbo de una historia se esconde bajo esta incesante secuencia de visiones alucinadas, que cambian de carácter saltando de un lugar a otro de manera tan abrupta como calculada.

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La atmósfera retrofuturista, con reminiscencias de la obra de Fritz Lang y de sus herederos en el cine negro de los 40, es lo más destacable de la película.

Como sátira de una sociedad obsesionada con el mantenimiento del orden establecido, funciona hasta cierto punto. No ahonda en los particulares del mundo distópico que construye con tanto cuidado, contentándose con expresar el hecho de que la burocracia rampante crea caos y confusión en lugar de orden, y si bien muestra lo peligrosas que pueden ser estas instituciones cuando están a cargo de las cosas, no revela un fin último, un objetivo central de aquellos que están en el poder (más allá de mantenerse allí a perpetuidad, incentivando el consumismo entre la población). El intrusivo aparato del Ministerio de Información vive persiguiendo gente a la que tacha de terroristas sin saber por qué, ni exactamente qué los hace una amenaza que merezca ser tomada en serio (aunque para un gobierno en extremo totalitario el sólo hecho de pensar y actuar de manera distinta a lo establecido ya es de por sí una amenaza).

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“Tienen todo el país seccionado, no puedes ir a ninguna parte sin un formulario.”

Con tantas ideas, y tanto ingenio, pudo haber dado para muchísimo más. El consumismo, la dependencia de la tecnología, la superficialidad y obsesión por el aspecto físico, entre muchos otros temas que aborda Brazil pudieron haber contribuido a redondearla, a hacerla más consistente, más cohesiva. Por desgracia, la película decide alejar su foco de la cuestión política y de todos los otros temas para enfocarse en aquel romance en extremo forzado y para nada convincente entre los dos personajes principales (la mediocre actuación de Kim Greist tiene algo que ver en esto, ya que Gilliam cortó varias de sus escenas del producto final, por lo que el plano personaje de Jill queda sin desdibujarse del todo). Los sueños del protagonista son estupendos, eso sí, en especial aquel en el cual lucha contra una especie de samurai mecánico. En últimas, la fantasía es el medio por el cual el protagonista intenta escapar de manera definitiva de la enloquecida realidad que lo oprime (tanto sus fantasías con la mujer como las del último tramo de la película).

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Una desastrosa obra maestra, esquizofrénica, divertida, perturbadora, desesperante, hastiante, paranoica, ácida e irreverente, la cual no es tan fácil de ver, y al final deja una sensación de agotamiento (a pesar del sorpresivo final) que convierte el hecho de observarla en una experiencia fuera de lo convencional, que difícilmente dejará a alguien aburrido o indiferente ante semejante travesía por aquel pandemonio, lugar de tubos, cables, propaganda, agitados funcionarios armando un jaleo, formularios y en general papeleo sin fin, redadas gubernamentales que destruyen todo a su paso y amenazan de muerte a quien tengan al frente, torturas, reportes, cirugías plásticas con resultados impredecibles, alarmas, bombas, aires acondicionados que no funcionan, ascensores que no funcionan, tostadoras que no funcionan…