Ida

Ida (2013)

La historia toma lugar en la República Popular de Polonia, a principios de los años 60. Anna es una novicia huérfana, que antes de tomar los votos para convertirse en monja, decide ver a su tía Wanda, quién le dice que su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y que en realidad es judía. Juntas, deciden buscar el lugar en donde están enterrados los padres de Ida. Durante el viaje cuestionarán quienes son, a dónde pertenecen y cuál es su lugar en el mundo.

En cuanto a aspectos formales, Ida resulta impecable. La labor de Łukasz Żal y Ryszard Lenczewski en la dirección de fotografía es verdaderamente destacable. La nitidez de la imagen, la cuidada iluminación, y las meticulosas composiciones de los planos son un placer para la vista. El movimiento de cámara está casi completamente ausente (excepto en la última escena). Tampoco hay música diferente a la que oyen los personajes dentro de la escena, por la mayor parte. Agata Kulesza está muy bien en el papel de Wanda, la desencantada y melancólica libertina.

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Notablemente, y para evocar la estética de las películas polacas de la época, la decisión de filmar en el antiguo formato de 4:3, el “recuadro académico”.

Ida se embarca en un viaje que tiene como destino la reafirmación de su fe. Al conocer su orígen, los eventos que desencadenaron su trágico pasado, y al ver con sus propios ojos la decadencia del mundo actual, empieza a cuestionar el camino que le ha dado a su vida. Simultáneamente, Wanda reflexiona sobre el rumbo que tomó su vida, y el vacío de la misma. La experiencia afecta profundamente a las dos mujeres, que, de un modo u otro, terminan reafirmando sus creencias y visión de mundo.

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“¿Tienes pensamientos pecaminosos?” – “Sí.” – “¿Sobre el amor carnal?” – “No.” – “Pues deberías intentarlo alguna vez. Si no, ¿qué clase de sacrificio son esos votos tuyos?”

Una historia bastante sencilla, concisa y bien contada (la película dura unos 80 minutos aproximadamente), envuelta en una sobria estética, sin ser lo que yo llamaría austera, con contenido, pero sin mayores pretensiones, y apenas con la carga justa de emoción. Ida hace lo que se propone hacer, y lo hace con maestría.

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