Paprika

Paprika (2006)

Un tratamiento psicoterapéutico experimental permite que los doctores traten a sus pacientes entrando en sus sueños, utilizando un dispositivo conocido como DC Mini. Pero el artefacto es robado, y el ladrón puede manipular las mentes de las personas a través de sus sueños. La doctora Atsuko Chiba, líder del equipo que desarrolla el tratamiento, debe capturar al ladrón persiguiéndolo entre los sueños que ha invadido, utilizando a su alterego Paprika, una especie de avatar que la psiquiatra asume en el mundo de los sueños, para lograr este objetivo.

Era cuestión de tiempo antes de que Satoshi Kon, cuya obra se caracteriza por usar la animación para difuminar la línea entre la realidad y la ficción, abordara el tema de los sueños. En Paprika, escenas dispares se funden unas con otras continuamente, en un laberíntico caos cuidadosamente estructurado a través del prodigioso uso del montaje, que, adicionalmente, le confiere a la película un vertiginoso ritmo. El absurdo y el sinsentido se materializan en múltiples y coloridas formas, entre las que se destacan un desfile conducido por electrodomésticos, unas rechonchas muñecas con miradas muertas, o un detective que se persigue a sí mismo a lo largo de las escenas de múltiples películas. La música es tensa, densa, y enfatiza la intriga en la que progresivamente se sume Paprika.

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“El éxtasis que florece en la sinapsis es grasa de leche marca Paprika. 5% es la norma. La red de seguridad del océano es no lineal, ¡incluso con lo que los cangrejos sueñan!”

Existe un componente psicológico bastante particular dentro de la película. Los sueños son las puertas hacia el subconsciente del ser humano. Aquí, como no podía ser de otra manera, representan culpas pasadas, anhelos, fantasías, deseos eróticos reprimidos (o no tan reprimidos), y muchas otras cosas más que la mente consciente de los personajes mantiene a raya, desconoce, o ansía en secreto. La posibilidad de usarlos como terapia resulta interesante (y más aún el hecho de que puedan ser usados para controlar la mente de toda la gente de la tierra, para sumirlos en un único sueño demencial que es la mezcla de todos sus sueños particulares). En toda confrontación final que tienen los personajes con sus sueños, aprenden algo de sí mismos, y se reconcilian con partes de sí mismos. Paralelamente, Paprika es una película sobre el cine mismo, que expone la idea de que, de todas las artes, es precisamente ésta la que tiene la capacidad de traer los sueños a la vida, de convertirlos en imágenes e ideas, de transformarlos en una narrativa. Todo esto puede evidenciarse en la historia del detective Konakawa.

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“Si comparáramos los sueños con las películas, los de las primeras fases serían cortometrajes artísticos, mientras que los de las fases tardías serían superproducciones taquilleras.”

Paprika trasciende el género de la animación, al usarlo para mostrar cosas que serían extremadamente difíciles de lograr en una película con actores de carne y hueso. Es la culminación de todo lo que Kon había construido en sus obras anteriores (se podría decir que su obra maestra, ya que, tristemente, nunca sabremos si hubiera podido haber llegado a superar lo que logró con esta película, de no haber sucumbido al cáncer). Deliberadamente desorientadora, compleja, llena de energía y de una sensación de urgencia que mantiene emocionado al espectador, es una ensoñación que pide ser revivida una y otra vez.

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The Man from London

El hombre de Londres (2007)

Maloin, un trabajador ferroviario, vive en un pueblo portuario, con su mujer y su hija. Una noche, en el muelle, dos hombres luchan a muerte por un maletín. Al final uno de ellos ahoga al otro en el mar, junto con la valija. Maloin la rescata del agua y descubre que contiene unas 55.000 libras en efectivo. Sin embargo, la presencia del asesino en las cercanías, la llegada de un detective que empieza a investigar el asunto, y su propia culpa y miedo de ser descubierto tornan a Maloin en un hombre frustrado e iracundo.

Decepcionante obra del director húngaro, impecable en la forma, pero plana en el contenido. Tarr deja atrás las alegorías sociopolíticas y alusiones filosóficas/apocalípticas, para enfocarse en una especie de drama más intimista y personal sobre la descomposición de la vida del protagonista causada por su conducta autodestructiva, algo que dio muy buenos resultados en La condena, pero no acá. Tarr podrá no ser un hombre de tramas, por lo que sería contraproducente criticar la inane historia que se nos presenta, sin embargo, sus obras suelen tener personajes interesantes, llenos de vicios, de miseria, de sufrimiento, perturbados. Aquí, la caracterización de los mismos se queda muy corta. Hay personajes menos unidimensionales en una película de superhéroes. Sólo en una escena particular se muestra el conflicto interno de Maloin de manera convincente, aquella en la que empieza a manipular frenéticamente las palancas de las vías férreas. El atroz doblaje no favorece en absoluto el trabajo de los actores.

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La fotografía sigue siendo increíble, con marcados contrastes entre luces y sombras. Los planos largos son usados de manera aún más fluida y sutil que en Sátántangó o Las Armonías de Werckmeister.

El característico ritmo lento de Tarr es muy efectivo a la hora de crear tensión en ciertos instantes particulares, pero, al persistir durante toda la duración de la película, termina teniendo un efecto insensibilizante hacia lo que se presenta. Dicha tensión nunca culmina ni se soluciona, y en últimas se termina resquebrajando, para dar paso al aburrimiento, al no ser complementada ni con personajes, ni con ideas, ni con sugestiones. Se construye una impecable atmósfera oscura y desoladora, pero no se hace absolutamente nada con ella. Ni siquiera la resolución final tiene ese efecto devastador y angustioso que permea las obras del húngaro.

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Por momentos da la impresión de que el director se estuviese autoplagiando.

Recurrí bastante a las comparaciones con las otras películas de Tarr, porque algunas escenas y situaciones de El hombre de Londres parecen refritos de Sátántangó. Se siente hueca, falta de inspiración. Una lástima que tan impecable formalismo (que abarca desde los cuidados encuadres hasta la banda sonora, de nuevo a cargo de Mihály Vig, que tal vez sea una de las mejores que ha hecho para obra alguna del director) sea desperdiciado por completo. No sé si todos los problemas que ocurrieron durante su producción (incluyendo la falta de fondos y el suicidio del productor) influyeron en esto, pero, en últimas, aquí no hay nada que no haya hecho de mejor manera Tarr en otras obras hechas a lo largo de su carrera.

Take the Money and Run

Toma el dinero y corre (1969)

La crónica de la vida de Virgil Starkwell, un torpe ladrón con muy mala suerte, abarcando desde su infancia, pasando por su juventud, la época en la que conoció a su gran amor, Louise, sus múltiples encarcelamientos y sus intentos fallidos de asaltar bancos, para poder salir de la pobreza y dejar atrás el hambre.

La primera película en la que Woody Allen hizo el triple papel de director, guionista y actor principal, a medio camino entre un pseudo-documental y un conjunto de sketches cómicos. El humor es muy efectivo, mostrando situaciones en donde todo lo que puede salir mal, sale mal, y donde frecuentemente el protagonista queda en ridículo (frecuentemente por culpa de su propia torpeza, manías e incomodidad). El psicoanálisis, elemento recurrente en la obra del director, aparece aquí, manifestándose en la presencia del psiquiatra y en las descripciones que se hacen de los personajes, sus orígenes y crianza (las actitudes de los dos padres de Virgil hacia su hijo dicen mucho), orientadas a intentar caracterizar y entender los trastornos que los hacen ser quienes son.

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Uno termina desando que el pobre Virgil logre robar a alguien.

Hay un dejo de tristeza en esta hilarante comedia, al ver a un alma mansa y dócil escoger una vida criminal producto de los abusos y carencias que ha sufrido, así como al verlo aferrarse a ese estilo de vida, a pesar de ser completamente inepto como maleante, porque se siente incapaz de encajar en el mundo actual. Parece que lo único que se le da bien a Starkwell es escapar de prisión (por los pelos). Bueno, eso, y casarse con una mujer bellísima, quien, por razones desconocidas, no lo abandona a pesar de sus múltiples defectos.

Acertadamente, la película termina justo cuando la comedia empieza a desgastarse. Pese a no ser poco más que un conjunto de viñetas unidas por un tenue argumento, cumple con su cometido, matando a la audiencia de la risa, y pese a no ser en absoluto reflexiva, como las obras más famosas del director, muestra atisbos de lo que vendría más adelante en su carrera, en la cual éste film constituye un hito menor, gracias a su éxito de taquilla, y a sus divertidísimas escenas.