Ansiktet

El rostro (1958)

Una compañía teatral (compuesta de un mago mudo, su mujer, una anciana bruja, y su ayudante) atraviesa un bosque, topándose con un ebrio al borde de la muerte. Envueltos en sospecha, habiendo tenido líos con la ley en varias ocasiones, llegan a un pueblo, en donde el cónsul, su mujer, el doctor y el comandante de policía les exigen que realicen una actuación frente a ellos, para descartar que sus trucos sean producto de fuerzas sobrenaturales, y que puedan causar problemas en la salud mental y física de los habitantes del pueblo. El cónsul y el doctor hacen una apuesta, ya que este último, un hombre de ciencia, con una visión materialista del mundo, espera desacreditar al mago como un fraude.

Un Bergman mucho menos pesado y denso que el de sus obras más conocidas, en una película que conjuga elementos góticos, de drama, fantasía, y hasta comedia romántica. La atmósfera de cuento de hadas oscuro es enfatizada por el manejo de la luz que hace Gunnar Fischer, tanto en las prolongadas sombras que aparecen en las escenas que se aproximan al horror, como en las más alegres y “luminosas”. Los extensos monólogos en donde el director sueco reflexiona sobre sus obsesiones a través de la boca de sus personajes brillan por su ausencia, a pesar de que algunos de sus temas habituales se puedan deducir del subtexto, como la preocupación del artista por su obra, o las dudas sobre la existencia de un poder superior. La actuación tiene un dejo teatral, posiblemente debido al contexto en el que está situada la historia, pero no por ello deja de ser destacable la labor de los miembros del elenco, compuesto de los miembros recurrentes de las obras del director.

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Los sets y el vestuario son fieles a la época que buscan representar (mediados del siglo XIX) y contribuyen en gran medida a darle vida a la historia.

Si bien El rostro no es tan reflexiva e introspectiva como, por ejemplo, El séptimo sello o Fresas silvestres (que la precedieron), expone la dicotomía entre ciencia y fé que se presentaba en un siglo en el cual la ciencia avanzaba a pasos agigantados, y los misterios del mundo desaparecían ante la consolidación de una visión racionalista del mundo. También muestra al artista como esclavo de su propia obra, y presenta su existencia en función de la misma. Vogler debe mantener la ilusión, seguir fingiendo ser mudo, y realizar los trucos, no sólo porque es su arte, sino porque eso es lo que le da de comer. Ante la pérdida de lo oculto, de lo sobrenatural ante la obtusidad de la razón, el artista lucha por preservar lo misterioso, rechazando el materialismo, aún siendo un simple mortal como todos los demás.

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“Ustedes representan lo que yo más odio: lo inexplicable.”

A pesar de no ser una obra maestra, El rostro es una película sólida, entretenida, y encantadora, con una atmósfera muy bien lograda, que muy bien podría servir de introducción a Bergman para aquellos no habituados al estilo del sueco, o para aquellos que tuvieron dificultad viendo algunas de sus obras más encumbradas.

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