Spalovač mrtvol

El incinerador de cadáveres (1969)

Karel Kopfrkingl maneja un crematorio en la Checoslovaquia de finales de los años 30. Cree firmemente en la idea de que la muerte trae la purificación y la liberación de las almas, ideas que tomó de un libro sobre el Tíbet, el cual lee frecuentemente. Un amigo insiste en afiliarlo al partido Nazi, ya que tiene sangre alemana. Eventualmente, Kopfrkingl accede, con lo que su obsesión se torna aún más oscura.

El incinerador de cadáveres es tan macabra y mórbida como su título lo sugiere. El uso del montaje rápido resulta agresivo, y crea abruptas (pero calculadas) transiciones entre escenas. A veces un diálogo, o un sonido, pertenece a la escena siguiente, aunque aparezca en una escena anterior. Los close-ups son frecuentes, así como la aparición de objetos tales como cuadros y pinturas (algunas mostrando escenas apocalípticas o de muerte). La iluminación es opaca, recordando por momentos a la del cine negro. El manejo de cámara es audaz en partes (a veces adopta la perspectiva de la víctima, a veces la del victimario), y en general, hay una particular fijación por los detalles. Esto crea una atmósfera opresiva y claustrofóbica.

crematorio flores jardin

Las flores actúan como elemento de enlace, del siniestro monólogo en el crematorio al tranquilo paseo en el jardín.

El sonido y la música de ambiente son usados de manera adecuada, tanto como elemento de empalme (como se dijo anteriormente) como para acentuar esta atmósfera de angustia. La aparición de obras de música clásica en momentos clave es igualmente acertada. Rudolf Hrušínský interpreta a un protagonista escalofriante, un hombre refinado que expresa sus retorcidas ideas a través de frecuentes e incisivos monólogos, los cuales son contados con un impasible y frío tono de voz. Su actuación es mesurada, lo cual solo hace que el desarrollo y transformación del personaje tenga mayor impacto.

kopfrkingl

“El señor Dvořák quería deshacerse de esta barra, pero le dije que podría ser útil.”

La película critica al Nazismo, sin mostrar directamente el sufrimiento de los pueblos oprimidos bajo el régimen. Lo hace sirviéndose de su ideología, mostrando como ésta es llevada a cabo hasta sus últimas consecuencias, y enmarcándola dentro de la mentalidad del personaje, sin dar sermones ni lecciones morales trilladas. Ahora bien, si dicha crítica antifascista peca de ser algo obtusa y superficial, no es tan relevante, ya que lo más importante del film es la evolución del perturbado carácter psicológico del protagonista. Desde su perspectiva, Kopfrkingl cree estar liberando a los judíos de la opresión y el sufrimiento de la vida con su labor de cremador. La estrafalaria mezcla de filosofía budista y fascinación por la muerte que predica resulta casi cómica.

el catafalco

“Arriba está el mundo de los supervivientes. Nuestro trabajo comienza aquí abajo. Estos hornos me recuerdan a los que se usan a diario para hacer el pan.”

Un descenso a los abismos de la locura causado por las ideas extremas, o por la mala interpretación de determinadas creencias (frecuentemente las peores clases de horror son causadas por el hombre mismo, no por causa de alguna posesión o presencia sobrenatural), El incinerador de cadáveres es una experiencia que deja una impresión indeleble en el espectador. Horrenda (en el buen sentido, claro), atrapante y completamente desquiciada.

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