Moartea domnului Lăzărescu

La muerte del señor Lăzărescu (2005)

El señor Lăzărescu, un anciano viudo de 62 años, vive solo, con sus tres gatos. No es alcohólico, pero le gusta tomarse sus traguitos. Un día, se enferma. Empieza a sufrir dolores de cabeza y de estómago. Intenta tomarse una Aspirina, pero le sienta mal y la vomita. Llama a una ambulancia, la cual no llega. Pide ayuda a sus vecinos, y éstos le dan un par de medicinas genéricas que no le ayudan de a mucho. Vuelven a llamar a una ambulancia, la cual esta vez sí llega. Así inicia el tortuoso viaje del señor Lăzărescu por los hospitales de Bucarest, en donde la negligencia médica y el sobrecupo en los centros de salud impiden que se le de una atención adecuada. Para colmo de males, un autobús se estrelló, dejando un considerable número de muertos y heridos, por lo que los hospitales están atestados de gente. No hay camas ni habitaciones ni quirófanos disponibles.

Una de las películas rumanas más aclamadas de todos los tiempos, La muerte del señor Lăzărescu trata su temática de manera extremadamente cruda y desparpajada. Está filmada de manera casi amateur, con una cámara en mano que siempre se agita (y parece ser manejada por una persona del común), y usa tomas muy largas, haciéndo de la edición un mero elemento de ensamble. Esto, combinado a su ritmo lento, y su larga duración, hacen que sea densa y abrumadora. La muerte del señor Lăzărescu no se ve, se soporta. Al verla uno siente impaciencia, angustia, desespero. Lo mismo que siente el pobre señor Lăzărescu en su agonía, esperando a ver si en algún hospital se les da la gana de atenderlo.

lazarescu ambulancia

– “¿El trabajo de los médicos no es cuidar a los pacientes?” – “Sí, ¿y cuál es el trabajo del paciente? Lo estoy llevando en ambulancia, pero usted no se ha portado bien.”

La actuación es muy mesurada y “natural”, a pesar de que se podría decir que Ioan Fiscuteanu (el señor Lăzărescu) y Luminiţa Gheorghiu (Mioara, la enfermera que lo acompaña en la ambulancia) destacan, siempre da la impresión de estar viendo personas reales. Todos los que actuaron en los papeles de médicos eran muy creíbles, a mi parecer. El guión en general es sólido, triunfa por su realismo, y por los tintes de humor seco, negrísimo que emplea (cierto que esta película es catalogada como una comedia negra, pero la verdad a mí se me hizo más deprimente que graciosa, la mayor parte del tiempo). Se nota que el director Cristi Puiu investigó bastante sobre el sistema médico a la hora de escribirlo.

lazarescu resonancia

– “Llevo toda la noche dando vueltas con él.” – “No exagere, la noche todavía es joven.”

Y es que lo critica de una manera brutal, sin pelos en la lengua. La enfermera y el conductor de la ambulancia, a pesar de que son los que mejor se portan con el protagonista, hacen su trabajo de mala gana, porque tienen que sufrir el maltrato y los insultos de los médicos, quienes se creen dioses. Los doctores, a pesar de trabajar “contrarreloj”, hacer su trabajo como pueden sin disponer de todo lo necesario, y tener una enorme presión a cuestas al atender a las víctimas del accidente, son, básicamente, unos reverendos hijos de puta, que no tienen la menor amabilidad ni respeto hacia sus pacientes.

La película muestra un sistema de salud sumido en la crisis más absoluta, sin recursos físicos ni humanos competentes para atender a las personas, y controlado por una burocracia absoluta. Todas las elecciones estilísticas (o antiestilísticas) que usa, funcionan a su favor. Resulta contundente, envolvente, indignante, y triste.

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