Sátántangó

Sátántangó (1994)

El equivalente fílmico del depressive black metal, larga, monótona, lenta, repetitiva, hipnótica, oscura a más no poder, nihilista, y desbordante de misantropía (pero con un ligerísimo dejo de comedia extremadamente negra). Sobra decir que esta película no es para los débiles de corazón. Su duración de 7 horas (claro que haciendo cuentas, dura más una maratón de la trilogía de El Señor de los Anillos), su ritmo ultralento, el hecho de que esté en blanco y negro, y hablada en húngaro intimidarían a cualquier persona (aunque, en últimas, pueden verla por partes, ya que viene dividida por capítulos).

A finales del régimen comunista en Hungría, una granja colectiva colapsa. Algunos de los trabajadores conspiran para robarse el dinero de toda la aldea y escapar, pero las noticias del regreso de uno de sus viejos compañeros, Irimiás, a quién creían muerto, los llevan a cancelar sus planes. Un tipo sagaz y elocuente, Irimiás es visto por los aldeanos como su salvador, quien seguramente tendrá un plan para sacarlos de aquella desolada villa situada en medio de la nada, y darles la gran vida.

La prosa de la novela del mismo nombre, del escritor László Krasznahorkai (quién co-escribió el guión) se caracteriza por emplear oraciones muy largas. Cada capítulo es un solo párrafo gigantesco. (Esta información la encontré leyendo en Internet, desafortunadamente no he podido encontrar el libro por ninguna parte, porque creo que ni siquiera está traducido al español). Tarr transmite ésta característica de la obra literaria a la pantalla usando planos de muy larga duración, que han suscitado comparaciones a Tarkovski, aunque son usados para fines muy distintos, ya que los dos directores están algo apartados en cuanto a temática y visión del mundo.

“La diferencia es que Tarkovski era religioso y yo no. Él tenía esperanza, él creía en Dios. Él es mucho más inocente que yo. En sus películas, la lluvia purifica a las personas. En las mías, sólo llena todo de barro”, dice el director húngaro. Tarr muestra acciones tan mundanas como un hombre tomándose una sopa, una mujer lavándose sus partes íntimas, un grupo de gente emborrachándose o tres personas caminando por un camino lleno de barro. En Tarkovski todo es más abstracto, en Tarr más concreto.

irimias petrina camino

“¿Ellos? Son sirvientes, y lo serán toda la vida. Se sientan en la cocina, cagan en un rincón y miran por la ventana de vez en cuando. Me los conozco al derecho y al revés. (…) Se sientan en los mismos taburetes sucios, se llenan la boca de papa y se desentienden de todo. Desconfían los unos de los otros, eructan en silencio y esperan, porque creen que los han engañado. Esclavos que han perdido a su amo, pero que no pueden vivir sin orgullo, dignidad y coraje. Pero en el fondo, ellos sienten que estas cosas no vienen de ellos, porque solo les gusta vivir en su propia sombra, y siguen esa sombra como una manada, porque no pueden vivir sin esplendor ni ilusión. Pero no se las quites, o si no se enloquecerán y destruirán todo. Lo que necesitan es una habitación caliente, y un humeante estofado de paprika, y son felices si en la noche, bajo sus cálidas cobijas, encuentran a la regordeta esposa de su vecino.”

A lo largo de la película, vemos que ésta descripción que Irimiás hace de los campesinos, a pesar de estar llena de desprecio y rencor, no está tan lejos de la realidad. La longitud de cada toma, de cada escena, de cada capítulo, además de sumergir a la audiencia en la película, dejando que tengan el tiempo suficiente para absorber cada minúsculo detalle de cada imagen, transmite y refuerza una sensación de ansiedad, vacío y monotonía, vivida por todos estos personajes, que actúan casi como las vacas que se muestran en la primera escena, las cuales, viéndose confundidas al ser liberadas, andan sin rumbo fijo, todas en manada, hasta que se pierden entre la distancia. No pueden vivir sin la autoridad, le tienen miedo a la libertad, no saben qué hacer con ella.

La estupenda fotografía en blanco y negro de Gábor Medvigy favorece los bajos contrastes, al resaltar plomizos tonos grises y negros, dándole a la película su característica atmósfera oscura, y enfatizando el carácter desolado de la improductiva y fracasada granja colectiva, acentuado por varios efectos de sonido, de entre los que destaca el sonido de las campanas. La minimalista música de Mihály Víg, de marcados tintes folcóricos, complementa perfectamente esta atmósfera.

borrachera baile cantina

La repetitiva y ramplona melodía de acordeón que suena durante esta escena (durante diez minutos solo se ve a esta gente tomando y bailando, completamente borracha, mientras ignoran la presencia de la niña, Estike, quién, empapada por la lluvia que cae en aquel momento, los mira desde la ventana) afianza el carácter nihilista de la misma, y pronto se torna desesperante. Según Tarr, los actores se embriagaron de verdad para filmarla.

La estructura narrativa de la película es entretejida del mismo modo que las telarañas que cubren el bar de la aldea, mostrando los sucesos de la trama desde diferentes perspectivas, avanzando y retrocediendo en igual medida, como una danza. (Supuestamente sigue la misma estructura de un tango, pero no sé como se baila, la verdad, así que no me atrevo a afirmar nada). El mismo Mihály Víg que escribió la música está bastante convincente en su papel de Irimiás, el cual, al ser el falso profeta por antonomasia, puede verse como un símbolo de la llegada del Apocalipsis (existen varios en la película, que a fin de cuentas narra un alegórico pero al mismo tiempo literal “fin de los tiempos”.)

Y por ahora no diré más sobre Sátántangó, porque podría seguir y tendría material como para cinco entradas más, ya que al volverla a ver varias veces, se enriquece la percepción e interpretación que se tiene de la misma y de sus ideas, como siempre pasa con las grandes películas. ¿Cómo puede el ser humano lidiar con su libertad, en una existencia sin propósito alguno? ¿Acaso es libre únicamente cuando hace uso de su libertad para aceptar su propia muerte, dejando sus ambiciones atrás? ¿Son necesarios el orden y la autoridad para darle un sentido de propósito a la existencia? ¿Si es así, en que medida lo son?

ruinas niebla irimias estike

“¿Qué? ¿Es que nunca ha visto niebla o qué?”

 

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