Sátántangó

Sátántangó (1994)

Mientras el régimen comunista húngaro se resquebraja, una granja colectiva colapsa. Algunos de los trabajadores de la granja conspiran para robarse el dinero de toda la aldea y escapar, pero las noticias del regreso de uno de sus viejos compañeros, Irimiás, a quien creían muerto, los llevan a cancelar sus planes. Al ser un hombre sagaz y elocuente, Irimiás es visto por los aldeanos como su salvador, quien seguramente tendrá un plan para sacarlos de aquella desolada villa situada en medio de la nada, y darles un futuro prometedor.

Larga, monótona, lenta, repetitiva, hipnótica, oscura a más no poder, nihilista, y desbordante de misantropía (con un dejo de humor extremadamente negro). Sobra decir que esta película no es para los débiles de corazón. Su duración de 7 horas (a pesar de que viene dividida por capítulos), su ritmo ultralento, el hecho de que esté en blanco y negro, y hablada en húngaro intimidarían a muchas personas. A pesar de ello, es una película que ejerce un extraño hechizo sobre el espectador.

Béla Tarr se vale de planos de muy larga duración, cuidadosamente construidos, para transmitir una atmósfera de aburrimiento y desazón. Dichos planos muestran acciones tan mundanas como un hombre tomándose una sopa, una mujer lavándose sus partes íntimas, un grupo de gente emborrachándose o tres personas caminando por un camino lleno de barro. La estupenda fotografía en blanco y negro de Gábor Medvigy resalta los grises más oscuros y la penumbra tanto de las rústicas casas de campo como de las planicies húngaras, en donde la lluvia es casi omnipresente, y el fango estorba el pasar de los transeúntes. Así, se enfatiza visualmente el carácter desolado de la improductiva y fracasada granja colectiva. La minimalista música de Mihály Víg, de marcados tintes folcóricos, complementa perfectamente la melancólica factura visual, ayudada por varios efectos de sonido, de entre los que destaca el sonido de las campanas.

borrachera baile cantina
La repetitiva melodía de acordeón que suena durante esta escena (en la cual, durante diez minutos, solo se ve a estas personas bebiendo y bailando, mientras ignoran la presencia de una niña quien, empapada por la lluvia que cae en aquel momento, los mira desde la ventana) afianza su carácter nihilista, y pronto se torna desesperante.

La estructura narrativa de la película es entretejida del mismo modo que las telarañas que cubren el bar de la aldea, mostrando los sucesos de la trama desde diferentes perspectivas, avanzando y retrocediendo en igual medida, como una danza. Cada capítulo amplía la historia, pero no la hace avanzar de manera lineal. La repetición de los hechos que se muestran en pantalla enfatiza la inevitabilidad de los mismos. La esporádica narración en off presenta breves vistazos de lo que ocurre en la mente de los personajes. El mismo Mihály Víg que escribió la música está bastante convincente en su papel de Irimiás, un arquetípico falso profeta, que puede verse como uno de los numerosos símbolos de la llegada del Apocalipsis presentes en la película, que narra un alegórico, pero al mismo tiempo literal, “fin de los tiempos”.

irimias petrina camino
“¿Ellos? Son sirvientes, y lo serán toda la vida. Se sientan en la cocina, cagan en un rincón y miran por la ventana de vez en cuando. Me los conozco al derecho y al revés. (…) Se sientan en los mismos taburetes sucios, se llenan la boca de papa y se desentienden de todo. Desconfían los unos de los otros, eructan en silencio y esperan, porque creen que los han engañado. Esclavos que han perdido a su amo, pero que no pueden vivir sin orgullo, dignidad y coraje.”

A lo largo de la película, puede verse que ésta descripción que Irimiás hace de los campesinos, a pesar de estar llena de desprecio y rencor, no está tan lejos de la realidad. La longitud de cada toma, de cada escena, de cada capítulo, además de sumergir a la audiencia en la película, dejando que tengan el tiempo suficiente para absorber cada minúsculo detalle de cada imagen, transmite y refuerza una sensación de ansiedad, vacío y monotonía, vivida por todos estos personajes, que actúan casi como las vacas que se muestran en la primera escena, las cuales, viéndose confundidas al ser liberadas, andan sin rumbo fijo, todas en manada, hasta que se pierden entre la distancia. No pueden vivir sin la autoridad, le tienen miedo a la libertad, no saben qué hacer con ella.

La historia termina haciéndose vaga, empequeñeciéndose, abriendo paso a una serie de preguntas filosóficas tales como: ¿Cómo puede el ser humano lidiar con su libertad, en una existencia sin propósito alguno? ¿Acaso es libre únicamente cuando hace uso de su libertad para aceptar su propia muerte, dejando sus ambiciones atrás (como el personaje del Doctor)? ¿Son necesarios el orden y la autoridad para darle un sentido de propósito a la existencia (nótese el discurso que le da el Capitán a Irimiás)? ¿Si es así, en que medida lo son? Con todo, no hay respuestas absolutas. No hay consuelo, no hay confort en medio de esta angustia. Solo la inevitabilidad del final.

La riqueza temática y el cuidado formalismo de Sátántangó hacen que sea una obra densa y paradójica. A pesar de su carácter inaccesible, se presta mucho para ser repetida numerosas veces, analizada y diseccionada de diferentes maneras. Cada nuevo visionado revela nuevos detalles, que hacen que el espectador pueda ahondar en las ideas e interpretaciones que pueda tener de la película, la cual, recientemente, ha empezado a consolidarse como una de las obras más destacadas de todos los tiempos.

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